Paren el Ruido

Un intento por escuchar el susurro de la verdad detrás del ruido de la mentira y la fantasía

sábado, diciembre 24, 2005

Belén

Ahora que el mundo ha sido tomado por asalto por el frenesí capitalista-navideño, sugiero que olvidemos por unos instantes al gordo vestido de rojo Coca-Cola y dediquemos un par de pensamientos a los habitantes del pueblo de Belén. Les traduzco un artículo que me rompió el corazón, no por sus implicaciones para la práctica de la religión, que me tiene muy sin cuidado, sino por el sufrimiento de la gente común, que es mucho y muy grave.

Abandonados

Belén, un lugar de peregrinaje cristiano por siglos, será pronto rodeado por la barrera de seguridad de Israel. ¿Se convertirá el pueblo en nada más que un museo entre templos antiguos? John Harris conoce a la gente haciendo campaña para mantenerlo con vida.

John Harris
5 de noviembre, 2005

Guardian

La Iglesia de la Natividad de Belén parece extrañamente silenciosa, dado que es domingo por la mañana. Un joven hombre vestido con una camiseta de Harley Davidson barre distraidamente el piso enfrente de su altar principal, el ocasional grupo de turistas es escoltado a través de capillas y celdas, y en una cámara subterránea, un pequeño servicio ortodoxo - una ceremonia vuelta rito místico que involucra nubes de incienso insoportablemente dulces y los cánticos de un sacerdote vestido con una capucha negra - se acerca a su conclusión. Cada tantos minutos, el pensamiento una vez más aparece: qué extraño que mientras que la gente se aglomera en iglesias en Tennessee, Lagos y Londres, el supuesto lugar del nacimiento de Jesucristo se encuentra casi vacío.

"Para mí, las cosas de hecho están mejorando," dice Adel, uno del puñado de guías de turistas que todavía se ganan la vida aquí. Este es un estribillo frecuente - que desde la muerte de Yasser Arafat y la tentativa resurrección del proceso de paz, los visitantes están comenzando a regresar. "Pero todavía está callado", continúa. "La gente está asustada de regresar a Belén debido a los retenes y demás. Y necesitamos que permanezcan aquí. La mayoría de ellos almuerzan en Belén y luego regresan a Israel." Esta mañana, está viendo por las necesidades de un grupo de cristianos indonesios, que entran en la llamada Cueva de la Natividad con una pequeña revuelta de exclamaciones de asombro y flashes de cámara, emocionadamente agolpándose alrededor de una estrella metálica de 14 picos que se dice marca el lugar en el que Cristo dio su primer respiro. "Estábamos un poco asustados de venir aquí", me dice uno de ellos. "Los soldados isrealíes vinieron en el autobús y checaron todas nuestras mochilas. Pero ya está bien. Nos sentimos a salvo."

Este es el mensaje que Belén quiere desesperadamente enviar al mundo. Este mes ve el lanzamiento de una iniciativa - Belén Abierto - que tiene la intención de ayudar a rescatar el pueblo, al menos, de entre todos los pueblos del Banco Occidental que enfrentan el aislamiento y el colapso. Esparciendo la noticia del espíritu infinitamente hospitalario y sosprendentemente tranquilo de Belén que ha dado la bienvenida a peregrinos por siglos, los miembros de la campaña esperan animar a los visitantes a regresar. Hay una urgencia especial porque la infame barrera de seguridad de Israel está ya casi completa, mientras que un anillo en expansión de asentamientos judíos devora territorio palestino. De acuerdo al primer artículo de Belén Abierto, "La cuna de la historia bíblica está en peligro. Hoy, se asemeja a una triste prisión rodeada por una muralla de concreto." La pregunta no hecha es ésta: ¿por qué, dado el lugar de Belén en la imaginación cristiana, se encuentra el mundo exterior tan poco preocupado?

El predicamento se vuelve instantáneamente claro cuando entras a Belén, pasando desde las orillas del Jerusalén controlado por Israel hacia el territorio administrado por la autoridad palestina. Primero, ves la barrera, lúgubremente serpenteando de esta a oeste. Luego está el inevitable retén: 50 yardas o más de sacos de arena y bloques prefabricados donde los soldados checan cuidadosamente los documentos de visitantes extranjeros y de aquellos afortunados palestinos cuyas identificaciones les permiten viajar al norte. Aquí, la piedad llena de incienso de la Iglesia de la Natividad es reemplazada por una fría tensión - aunque el ambiente nervioso no es nada comparado con una instalación similar que yace a otra media milla dentro de los límites de Belén.

La Tumba de Raquel es el sitio de entierro de la esposa de Jacob, descrito en el libro del Génesis. Es un sitio sagrado judío, a donde las mujeres vienen a orar por sus hijos - aunque, en una de esas desafortunadas coincidencias que tanto desestabilizan la política del Medio Oriente, se encuentra junto a un cementerio musulmán. Aunque bien adentro del territorio palestino establecido por los acuerdos de Oslo de 1993, su santidad aseguró que formara un enclave "bajo la seguridad y responsabilidad de Israel", con la provisión de que "el libre movimiento de los palestinos" en el camino principal que vincula Jerusalén, Belén y Hebrón sea garantizado. Ahora todo eso es memoria: un bloqueo austero del camino, marcado por una bandera de Israel, parte el camino en dos. Mientras tanto, el trabajo procede en un corredor fortificado que traerá y llevará tráfico de Israel de y hacia la tumba, y tendrá su lugar en las 500 millas de longitud de concreto y alambre que forman la barrera, construida - según Ariel Sharon - "para defender a nuestros ciudadanos de actividades terroristas".

Lo que esto significa para los residentes locales es bastante simple. Donde una vez hubo un vecindario vivo, lleno de cafés y tiendas de recuerdos, ahora hay una árida tierra de nadie donde los soldados isrealíes caminan a lo largo de las desiertas tiendas; los pocos negocios que quedan enfrentan una extinción inminente. El grandiosamente llamado Centro de Recuerdos de Belén, donde se mostraban artículos religiosos - grandes crucifijos de madera, coronas de espinas enmarcadas, pequeños frascos de agua supuestamente del río Jordán - se extienden a la distancia, fue alguna vez muy activo y próspero. Ahora parece destinado a caer en el olvido.

"Antes, no se podía atravesar el camino aquí, había tanto tráfico", dice Khalil Jousef, de 41 años de edad y que ha trabajado aquí por 12 años. Habla con oraciones cortas y rápidas, con una indignada resistencia a aceptar lo que está ocurriendo allí afuera. "Solíamos tener 32 trabajadores aquí. Ahora tenemos menos de 12. Pero queremos sobrevivir. Cada uno de nosotros tiene a tres, o cinco, o tal vez incluso más niños. ¿Y a dónde nos podemos mudar? ¿Dime a dónde?

"Vivimos en una prisión", dice. "Si estás rodeado por una muralla, ¿quién va a venir a tí? ¿Y a dónde podemos ir? Yo tengo cinco niños, y ninguno de ellos ha visto Jerusalén. Yo he intentado ir: le dije a los soldados, "Quiero llevar a mis hijos a ver la Ciudad Antigua". Pero no se me permite".

Tal es el tono de prácticamente toda conversación que tengo aquí: en lugar del cliché de la vida palestina de aventar piedras, del caos y de la actitud de nada qué perder, hay un recurrente sentido de vida diaria ordenada casi surrealistamente imposible. Calle abajo de la tienda de recuerdos, por ejemplo, se encuentran las oficinas y alguna vez el hogar familiar de Bassem Khoury, un arquitecto urbano de 57 años, pronto a ser emparedado por el camino hacia la tumba. La sala, cuyos libreros crujen bajo el peso de Hemingway, DH Lawrence y George Bernard Shaq, sugiere una vida vivida en elegante comodidad; aun así en la recámara principal, las paredes están cicatrizadas por hoyos de bala. El jardín ya no está en uso debido a la proximidad de una torre de comando, desde donde los soldados israelíes gritan insultos. Señalando un rasgo en particular, Khoury rompe en lágrimas: un árbol, que se ve desde una ventana trasera, desde donde solía colgar decoraciones navideñas cada año, cortado y dejado como un feo bulto por los militares, para que nadie lo trepe.

Unas cuantas puertas más abajo hay un edificio de apartamentos grande, hogar de tres familias palestinas, en medio de lo que ahora equivale a un sitio de construcción. Aquí nos ha traido Leila Sansour, la directora de Belén Abierto (y directora del documental del 2003 Jeremy Hardy vs el Ejército Israelí). Para ella, la escena frente a nosotros es muy familiar: una escavadora Caterpillar levanta pedazos del camino, en preparación para las bases de la barrera, mientras que tres soldados mantienen guardia, y un camión pick-up rojo y negro corre arriba y abajo de la calle, desacelerando cada vez que pasa a alguien digno de atención.

Los dos hombres adentro, vestidos con gorras de beisbol y lentes oscuros, no parecen ser ni policías ni soldados, aunque ambos están armados. Se acercan a nosotros, y comienzan a preguntar una serie de ansiosas preguntas: "¿Quiénes son ustedes? ¿Qué están haciendo aquí? ¿De dónde vienen? ¿Tienen papeles? ¿De qué están tomando fotos?" Cuando les preguntamos quiénes son, el hombre en el asiento del pasajero sólo explica que "están a cargo". ¿De qué? "Bueno, estamos a cargo aquí".

Una vez que ha visto nuestros pasaportes, se marchan calle abajo, aunque pronto se vuelve obvio que la sospecha ha surgido. Nuestro plan era visitar una de las familias, pero cada paso en dirección de la entrada es encontrado con dos pasos de los hombres hacia nosotros, dramáticamente jugando con sus armas. Nos damos por vencidos, y pasamos una hora sentados fuera del abandonado café Árbol de Navidad, observando a la escavadora rugir, mientras que los dos hombres toman sus lugares fuera de una tienda de joyas entablada.

Ariel Sharon, debe notarse, ha declarado que la barrera ha sido construida "con todos los esfuerzos para minimizar la irrupción de la vida diaria de la población palestina".





A mediados de los 90s, durante el interludio de optimismo que siguió al retiro del Ejército israelí después de 18 años de ocupación, Belén floreció. La edición de 1998 de la Guía a Israel y los Territorios Palestinos hablaba de un pueblo "forcejeando para soportar a tantos carros, taxis y autobuses turísticos". Los hoteles y las tiendas crecieron: las asociaciones religiosas del pueblo ayudarían a proveer a un estado palestino con una muy necesitada fuente de efectivo. Pero la segunda Intifada de septiembre del 2000 y la subsecuente reocupación israelí convirtieron tales esperanzas en polvo. Lo peor habría de venir: el sitio de cinco semanas en la Iglesia de la Natividad en la primavera del 2002 - cuando civiles y hombres armados palestinos se refugiaron de fuerzas invasoras israelíes - recordó al resto del mundo que ésta era una zona de guerra.

Las estadísticas cuentan la historia de la caída de Belén. En 2000, el promedio de turistas visitando el pueblo cada mes era 91,276. El año pasado, el número era 7,249. En el mismo periodo, el número de gente empleada en el hotel local cayó en un 75%. En el Palacio Jacir, una rama de la cadena InterContinental que cobra sólo $80 una noche por su lujo de cuatro estrellas, llegamos como los únicos huéspedes. Lo extraño de la experiencia es complementado por la música de fondo: el tema de la versión de Zeffirelli de Romeo y Julieta - otrora conocida como Nuestra Tonada de Simon Bates - en un ciclo sin fin, escuchándose por los patios abandonados y ocasionalmente mezcándose con los llamados a oraciones de las mezquitas locales.

A medida que los prospectos económicos de Belén han caído, su población se ha alterado, amenazando la mezcla religiosa que por mucho tiemp ha formado un aspecto particularmente fascinante del carácter del pueblo. Desde 2000, 10% de sus cristianos han emigrado; como lo dice un reporte del Centro Internacional de Belén, si la tendencia continúa, "Belén podría pronto ser poco más que un museo cristiano con muchos templos antiguos, pero sin una comunidad viva que lo atestigüe."

Y luego está la barrera de seguridad. Del mismo modo en que aquella otra pared se encontraba a media distancia de cualquier intercambio con un berlinés, del mismo modo su contorno opresivo da forma a casi toda conversación que tengo en Belén. Uno sólo necesita viajar 10 minutos desde el centro del pueblo para experimentar sus efectos más crueles - las casas son apartadas de aldeas vecinas, la tierra de granjas pronto será cubierta con asfalto, la gente está siendo atrapada en un laberinto kafkeano. Notificaciones de confiscación dejadas en su propiedad, basadas en una ley de 50 años de edad relativa a tierra considerada perteneciente a "ausentes", les da 40 días para apelar, pero sólo pueden hacerlo a través de las cortes en Israel - a las cuales la mayoría de ellos tienen prohibido viajar.




Algunos, aunque residen a salvo en territorio palestino, han caído víctimas de órdenes prohibiendo que cualquiera viva a menos de 70 metros de la barrera. En y alrededor de Belén, cerca de 900 acres de tierra ya han sido tomados; para hacer las cosas peores, la ruta laberíntica del muro convertirá a partes del territorio palestino en una serie de islas territoriales estranguladas.

En nuestra primera mañana en Belén, pasamos una hora en el caserío de Al Khas, un puñado de casas del otro lado de un angosto valle a partir de la aldea cercana de Al Nouman. Los dos sitios ocupan un hospital y una escuela, y muchos de sus residentes vienen de las mismas familias extendidas. Su destino, desafortunadamente, gira alrededor del camino y cerca construidos por Israel que parte el valle a la mitad, dejando a Al Khas en las manos de los palestinos y a Al Nouman bajo ocupación; desde ahora, las granjas e invernadores en el lado equivocado de la división son amenazados con demolición. Lo que ocurrirá a la tierra es quizás demostrado por los huertos de olivos y frutales que los israelíes han rayado con grava - y, justo a la derecha, el asentamiento judío de Har Homa que se expande rápidamente, salpicado de grúas.

Cuando llegamos, somos recibidos por Nidal Huzaibi, un granjero de frutas y vegetales de 36 años de edad. Explica su situación contra el distante ruido de un vehículo militar israelí, lentamente siguiendo a un puñado de viejos palestinos a los pies del valle, a medida que intentan cruzar de un lado a otro. "Estas dos aldeas son aldeas gemelas", dice. "Sus vidas están completamente mezcladas. Pero el argumento que los israelíes utilizan es que Al Nouman es parte de los suburbios de Jerusalén. Dicen que la gente que vive ahí no tiene derecho a vivir ahí, y se tienen que mudar."

"Primero, lanzaron papeles sobre la tierra", dice. "Pusieron piedras sobre ellos. Y encontré el que aplicaba a mi granja después de que el momento de apelación hubo pasado. Decía, "Bajo órdenes militares, este pedazo de tierra ha sido confiscado"." A su lado está su hija de diez años Ashjan. "Sus abuelos del lado de su madre viven allá," dice, apuntando al otro lado del valle. "Y cada vez que hemos intentado visitar hemos sido detenidos. Ahora más bien se nos tiene prohibido. La última vez que vio a su abuela fue hace tres meses."

El resto de la mañana lo gastamos conduciendo por los alrededores rurales de Belén, lo que valió la pena hacer no sólo para entender el impacto de la barrera de seguridad, sino también la maravilla del paisaje: barrancos escarpados donde las casas parecen aferrarse a la roca, y colinas pelonas que se convierten en campos color chocolate llenos de cosechas, evocando un inevitable sentimiento romántico bíblico. A donde quiera que voy, la gente se acerca a nuestro taxi y explica el predicamento. "Solía tener una buena vida", dice Jadoun, un pastor que es ahora rutinariamente perseguido fuera de sus campos de pastoreo por soldados israelíes, a pesar de vivir y trabajar en el lado palestino del muro. "Me sentía libre. Pero ahora, me siento... enjaulado. Y no tiene sentido. Yo estoy fuera de la muralla. Aun así, estoy muy cerca. ¿Por qué?"

En lo alto de una colina, hay una enorme casa, con patios, arcos y puertas eléctricas, que de algún modo logra combinar la arquitectura de Medio Oriente con la grandeza y opulencia de las casas de vacaciones europeas. Alguna vez fue hogar de un hombre palestino que trabajaba para el consulado italiano y viajaba cada día a Jerusalén. Las restricciones israelíes eventualmente lo forzaron a mudarse, y ahora la casa yace vacía y bajo candado, sus cuartos de techos altos llenos de pájaros.

Como todos los edificios que lo rodean, está aparentemente bajo amenaza de confiscación israelí. Y le pregunto a nuestros guías: cuando eventualmente quede aislada de un territorio a otro, ¿qué le va a pasar? "Lalhadem," dice uno de ellos. Quiere decir "Para demolición".

Más allá de los retenes israelíes, en el asentamiento judío que rodea la frontera norte de Belén, uno encuentra una realidad completamente diferente. Har Homa (hebreo para "montaña de la pared", aunque no esa pared) está a cinco minutos de distancia, sentada en territorio tomado por Israel luego de la guerra de seis días de 1967; aquí, hay supermercados bien abastecidos, prístinas áreas de juego para niños, y el constante sonido de fondo de los equipos de construcción. Es hogar de gente que no pudo comprar propiedades en el mercado de Jerusalén: principalmente familias jóvenes atraídas por los apartamentos de tres recámaras que se venden por alrededor de 100,000 libras, y programas de gobierno que ofrecen ayuda financiera. Observar a jóvenes madres empujar carreaolas calle arriba, es fácil olvidar que en marzo de 1997, los planes iniciales para Har Homa fueron condenados por una resolución de la ONU. No contó mucho: cinco días después los tractores comenzaron a limpiar el sitio que los palestinos llamaban "montaña verde", y en 2004, el futuro de los colonos fue subrayado por el apoyo de George Bush al reclamo de Israel de tierra bajo el argumento de que "realidades cambiadas en el terreno".

Mirando hacia Belén, a través del camino desde un grupo de grúas, está el lugar de trabajo de Moshav Orot, de 45 años de edad, un agente de bienes raíces que se ocupa de la venta de los apartamentos nuevos de Har Homa, parte del empuje de construcción que verá a su población crecer al doble. "Esto es parte de Jerusalén", me dice. "No es un sitio de ocupación. Está en Israel". Una palabra, que sin pensar utilizo al inicio de nuestra conversación, le causa especial irritación. "Estamos cerca de Belén, sí," dice, "pero éste no es un asentamiento.

"Queremos vivir a salvo, como ustedes en Inglaterra", dice. "Queremos paz. Y ustedes tienen que entender que la battera es para la seguridad. El mundo entero está haciendo mucho ruido acerca de ella. Pero desde que fue construida, las cosas están más calladas". Me pregunto cómo se siente acerca de la tierra palestina que la construcción de la muralla - y, en efecto, la expansión de los asentamientos - ha puesto en peligro. "No puedo contestar esa pregunta", dice, "porque no conozco lo que ha pasado con los edificios en ese tipo de tierra, si es que estaban en esa tierra".

Debajo de casi todo lo que dice - incluyendo su aseveración de que incluso si las fronteras de antes de 1967 fueran restablecidas, los palestinos aún querrían "lanzar a Israel al mar" - está su creencia de que del otro lado de la barrera hay un lío inimaginable. Sin embargo, Belén, incluso mientras las escavadoras rompen las calles y el muro proyecta su larga sombra, permanece sorprendentemente tranquila. Dentro de sus cafés, mercados y plazas, permanece, según las palabras de un documento de Belén Abierto, "un bastión de un Medio Oriente abierto y diverso... ubicado en el punto donde este y oeste, cristianismo e islam, coexisten en armonía".

La noche que partimos, sin embargo, ocurre un incidente que fractura la atmósfera. Según descubrimos mientras hacíamos cola en un retén, hombres armados palestinos llevaron a cabo dos ataques con armas de fuego mientras conducían - uno en Eli, un asenstamiento judío al norte de Jerusalén, y el otro en Gush Etzion, a ocho millas de Belén - matando a tres israelíes. Como venganza, se dice que los colonos están sacando a palestinos de sus carros para golpearlos.

No por primera vez, otro de los pronunciamientos de Ariel Sharon toma una amarga ironía. En 2003, haciendo eco del poeta norteamericano Robert Frost, exclamó que "las buenas cercas hacen buenos vecinos". Esta noche, no estoy seguro de que ni siquiera los soldados estén de acuerdo.

1 Comments:

  • At 12:20 a. m., Anonymous Anónimo said…

    http://www.muchosmuertos.blogspot.com/

     

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